Por: Leslie Guimaraes.*
Entre prácticas ancestrales con plantas sagradas, caminatas de más de ocho horas y el coraje de ancianos y mujeres, la comunidad Flor de Ucayali defiende su territorio ancestral ante el incumplimiento de compromisos estatales.
Nuestra comunidad, nuestro hogar
El río Utuquinía es la única puerta de entrada para llegar a la comunidad nativa Flor de Ucayali. Un viaje de entre 3 y 7 horas —dependiendo del caudal— implica cruzar la ruta de la Sacarita, una zona roja marcada por asaltos y por el narcotráfico que avanza implacable por nuestros territorios.
La comunidad nativa Flor de Ucayali pertenece al pueblo Shipibo-Konibo, de la familia lingüística Pano. Está ubicada en el distrito de Callería, en la cuenca del río Utuquinía, y cuenta con un territorio de 21,290 hectáreas donde viven más de 70 familias.
La comunidad está afiliada a la Federación de Comunidades Nativas del Ucayali y Afluentes (FECONAU), la cual es base de la Organización Regional AIDESEP Ucayali (ORAU), que a su vez forma parte de la organización nacional AIDESEP y, a nivel internacional, de la COICA.
El único acceso para llegar a la comunidad es por vía fluvial, cuando el río está bajo, el viaje dura 7 horas cuando está caudaloso; entre 3 a 4 horas cruzando la peligrosa ruta de la Sacarita, conocida por asaltos y por ser ruta del narcotráfico.
La comunidad no cuenta con posta médica, por lo que incluso una atención básica requiere navegar en bote durante una hora y media hasta el centro de salud del caserío Utuquinía. Del mismo modo, cualquier trámite relacionado con denuncias o resguardo policial implica un viaje hasta Pucallpa.
Desde hace años, el narcotráfico se ha instalado en la zona, generando una dinámica de deforestación masiva, instalación de cultivos ilegales de hoja de coca, pozas de maceración e incluso pistas clandestinas.
Según la información recogida del monitoreo territorial y el análisis realizado por el centro de información satelital Tsiroti de ORAU, en los últimos años, esta situación ha provocado la pérdida de más de 4,000 hectáreas de bosque, un deterioro que se ha visto agravado por el incremento de los incendios forestales.
Aunque nuestra comunidad Flor de Ucayali cuenta con título de propiedad desde 1986, el Estado peruano no brinda una verdadera protección física ni efectiva sobre nuestro territorio. La seguridad territorial es un derecho; sin embargo, la titulación no ha detenido las invasiones ni la expansión de actividades ilegales que amenazan nuestros territorios y a nuestro pueblo. Como ocurre en muchas comunidades amazónicas, la titulación no es garantía de protección real ni efectiva.
“El Estado nos deja solos. Erradican cultivos y se van, pero no se quedan para protegernos”, es el sentir de toda una comunidad que ahora vive al asedio de narcotraficantes.
La herida del 26 de abril: atentados, represalias y el abandono del Estado
Desde hace más de 10 años hemos registrado presencia de invasores en nuestros territorios, y desde la pandemia, la relación entre los comuneros de Flor de Ucayali y los cocaleros se ha vuelto más hostil. En ciertas oportunidades hemos intentado establecer diálogos con los invasores, terminando en acciones fallidas; es así que, en ocasiones hemos impedido el ingreso de desconocidos, decomisado sus herramientas o enfrentado la situación directamente.
Sin embargo, la presión que ejercen se ha vuelto cada vez más peligrosa, porque estos grupos, que operan al margen de la ley, cuentan con armamento de fuego y actúan de manera agresiva.
Aunque contamos con una medida de protección oficial — Resolución Viceministerial N. ° 002-2022-JUS/VMDHAJ — que ordena la “realización de patrullajes policiales mensuales, en la comunidad nativa Flor de Ucayali, medida de protección prevista en el literal a) del artículo 31 del Anexo del Decreto Supremo N. ° 004-2021-JUS, durante seis (6) meses”— esta disposición no se cumple.
Esta ausencia estatal se refleja también en las intervenciones del Proyecto Especial de Control y Reducción del Cultivo de la Coca en el Alto Huallaga (CORAH) — encargado de la erradicación de cultivos de coca — que ingresa a la comunidad, erradica y se va, dejando en completa vulnerabilidad a nuestra comunidad. No hay un plan de contingencia ni medidas de seguridad sostenidas. Este abandono nos deja expuestos a posibles represalias.
La tensión escaló el pasado 26 de abril de 2025, cuando José Hugo Briones Taricuarima, comunero de Flor de Ucayali, recibió tres disparos en un ataque perpetrado por personas posiblemente vinculadas al narcotráfico. Para la comunidad, esto no es un hecho aislado, representa una represalia directa y un recordatorio de que, cuando no hay presencia del Estado, los grupos armados imponen violencia.
Esta situación nos obliga a organizarnos solos, con nuestros propios recursos y el apoyo de la guardia indígena regional y las comunidades aliadas. Este acto de hermandad demuestra que nuestra unidad es nuestra mayor fortaleza, un valor que nos caracteriza como pueblos indígenas y que nos mantiene firmes frente a un enemigo tan grande como el narcotráfico.
Un 9 de julio que nos dio esperanza: mesa de diálogo y un compromiso incumplido
El 9 de julio de 2025 participamos en la Mesa Regional para la Protección de las Personas Defensoras de Derechos Humanos en Ucayali, un espacio que articula acciones con el Estado, organismos internacionales, organizaciones indígenas y sociedad civil para fortalecer la defensa de los derechos humanos. En esta reunión, que contó con la presencia del viceministro de Derechos Humanos y Acceso a la Justicia, Walter Iberos Guevara, pedimos con urgencia el apoyo de la Policía Nacional del Perú y la Marina de Guerra para resguardar el monitoreo territorial que íbamos a realizar entre los días del 14 al 18 de julio en nuestra comunidad.
Logramos que la Región Policial de Ucayali se comprometa, según el acuerdo vigésimo primero del acta firmada en la mesa, a realizar patrullajes en nuestra comunidad:
“La Región Policial de Ucayali se compromete a continuar con la realización de patrullajes policiales (…) en atención a lo solicitado por la representante de dicha comunidad nativa”.
Sin embargo, este compromiso, como tantos otros, no se cumplió del todo. La policía se presentó el primer día y se retiró a las pocas horas, dejando a la comunidad sin resguardo en pleno operativo. Este hecho evidenció, una vez más, el desinterés del Estado por brindar protección efectiva a los y las defensoras ambientales.
El 14 de julio entre la resistencia y hermandad: la guardia indígena en acción como símbolo de autonomía y sabiduría ancestral
Ante la ausencia del Estado y las constantes represalias, la comunidad ha optado por organizar de manera autónoma su propia guardia indígena y un comité de vigilancia, respetando nuestras formas de vida, organización y resistencia. Se trata de una estrategia de defensa colectiva que combina la organización comunitaria con la fuerza espiritual de la cosmovisión Shipibo-Konibo, mediante patrullajes que protegen nuestro territorio ancestral.
En ese marco, el Comité de Vigilancia y la Guardia Indígena de Flor de Ucayali decidimos llevar a cabo una acción de monitoreo del 14 al 18 de julio, como expresión concreta de nuestra resistencia y hermandad.
La organización de este operativo no fue tarea sencilla. Contamos con el apoyo de la Guardia Indígena Regional Shipibo-Konibo, así como con la participación de comunidades hermanas: Caimito (4 personas), Chanajao (5), Santa Teresita de Cashibococha (4), además de 19 personas de nuestra propia comunidad. También nos acompañaron, representantes de AIDESEP, IDL y DEVIDA, sumando en total un equipo de 45 personas en el territorio.
En los días previos al operativo, realizamos reuniones de coordinación para definir estrategias. Para ingresar a la zona afectada por la deforestación, existen dos caminos: una caminata de aproximadamente ocho horas a través del bosque o una combinación de tres horas por el río Utuquinía seguidas de dos horas a pie.
La comunidad carece de indumentaria adecuada para las largas horas de caminata, así como de herramientas, botiquines y otros implementos básicos necesarios para ingresar al campo. Sin embargo, nuestra fuerza y convicción son más grandes que cualquier carencia; y antes de partir, los comuneros se preparan no solo con las herramientas y mochilas disponibles, sino también con ceremonias espirituales de protección con plantas sagradas como el “waste” conocido como “piri piri”, que fortalecen la mente y el espíritu durante el peligro, según la cosmovisión Shipibo-Konibo.
Además, nuestros abuelos y abuelas —algunos de más de 70 años— también se preparan para el ingreso. ¿Por qué lo hacen?, no es una imposición, sino una decisión cultural: defender el territorio es defender la vida y la memoria de los antepasados.
Entre lo visible e invisible: la resistencia desde las mujeres
La lucha de Flor de Ucayali no distingue género. Las mujeres asumen un rol protagónico en este proceso: participan activamente en los patrullajes de monitoreo, integran la Guardia Indígena y el Comité de Vigilancia, desafiando los roles tradicionales y demostrando que la defensa del territorio es una causa compartida por toda la comunidad, es una defensa colectiva donde todos y todas participamos.
Mientras algunas mujeres se adentran al bosque para defender nuestro territorio, otras mujeres se quedan al cuidado de la comunidad. Se hacen cargo de los niños, de la alimentación, de las chacras y de mantener la vida en la comunidad. Estas mujeres nos recuerdan que la lucha y la resistencia también se construyen desde el cuidado y el afecto.
Este protagonismo femenino, tanto en la primera línea de defensa del territorio como en la vida cotidiana, revela que nuestra resistencia no está compuesta sólo por hombres armados con flechas, sino también por madres, hermanas y abuelas que defienden la vida en todas sus formas. Esta doble lucha es una forma de resistencia silenciosa, pero profundamente poderosa, es el corazón que mantiene nuestra fuerza colectiva y nuestra esperanza.
La lucha no termina, la lucha continúa
Flor de Ucayali es más que un territorio, es nuestra historia, nuestra espiritualidad y nuestro futuro. Nuestra resistencia demuestra que no nos rendiremos frente a la violencia ni al abandono estatal. Como nos recuerdan nuestros abuelos y abuelas, esta lucha comenzó desde hace muchos años y no descansaremos hasta liberar nuestro territorio de la violencia del narcotráfico.
Resistimos porque no queremos vivir entre balas y amenazas. Exigimos que el Estado asuma su responsabilidad y garantice una protección real y efectiva para quienes defendemos la vida, el bosque y nuestros derechos. No queremos ser un número más en la lista de defensores asesinados por defender lo que nos pertenece y que aún espera justicia.
Nuestra lucha es colectiva, porque nuestro territorio es vida, y su defensa es una convicción que es de todos y para todos. Si ya hemos recurrido a cada mecanismo posible, incidido en medios nacionales e internacionales, hecho llamados a la sociedad civil, a la comunidad internacional y establecido diálogos con las autoridades competentes, ¿Qué más nos queda por hacer?
Nota:
*Leslie Guimaraes Valera, joven indígena del pueblo Shipibo-Konibo y miembro de la comunidad Flor de Ucayali. Formada en Economía y Gestión Ambiental en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, con título de Experta en Pueblos Indígenas, Derechos Humanos y Cooperación Internacional por la Universidad Carlos III de Madrid.
Originalmente publicado en Servindi: https://www.servindi.org/seccion-pueblos-indigenas-actualidad-cronica/24/07/2025/flor-de-ucayali-no-se-rinde-la-lucha-por-la
